Él no buscaba nada solo pasaba el tiempo con swipes de una transmisión a otra, dejando que el algoritmo decidiera qué rostros ver y qué voces escuchar. Ya la había visto antes, más de una vez, pero nunca se quedaba lo suficiente como para saludarla. Algo en su energía lo detenía por un instante pero enseguida seguía su camino digital.
Hasta que una noche mientras repetía su rutina, se topó con su transmisión otra vez. Solo que esta vez ella no pensaba dejarlo escapar. Como si lo hubiera estado esperando, le gritó con una mezcla de locura y diversión: “¡Oye tú, espera!”. Él se detuvo, sorprendido y riéndose al mismo tiempo. Le pareció tan absurdo como encantador. Y sin saberlo, en ese momento cambió todo.
Desde entonces comenzaron a pasar horas juntos. Ella transmitía; él la acompañaba. Reían, hablaban de cualquier cosa, compartían silencios y bromas privadas que solo ellos entendían. A veces discutían sin sentido, otras se desvelaban hablando de todo y de nada. Él disfrutaba cada conversación, pero ella… ella disfrutaba aún más escuchar su voz. Podía pasar horas oyéndola hablar, convencido de que no existía sonido más reconfortante en el mundo.
Como en toda historia que vale la pena, no todo fue perfecto. Surgió un problema, uno de esos que nadie recuerda exactamente cómo empezó, y dejaron de hablarse por meses. La vida, caprichosa, decidió poner una pausa. Y aunque él diga que fue el destino… todos saben que fue culpa de ella.
Aun así, cuando volvieron a encontrarse, el tiempo no pareció haber pasado. Retomaron la conversación justo donde la habían dejado como si el universo hubiera decidido pulsar “reanudar transmisión”.
Desde entonces, siguieron hablando todos los días, hasta que ya no podían imaginar su rutina sin el otro. Se convirtieron en parte de la vida del otro, en ese tipo de amistad que florece sin pedir permiso.
Y al final, la historia no trata solo de una aplicación ni de una transmisión en vivo, sino de cómo el destino encuentra maneras insólitas de unir a las personas. Porque a veces, basta una locura, un “¡espera!”, y una coincidencia digital para que dos almas destinadas se reconozcan… y nunca más quieran deslizar hacia otro lado.

